la tercera década del XX la mayoría de los niños y niñas de México no tenían acceso a la
educación, trabajaban desde pequeños, vivían en condiciones insalubres y no tenían
garantizados los alimentos de cada día. En las grandes ciudades pululaban por las calles
buscando una ocupación o algo con que saciar su hambre (Lechuga, 2021 y Sosenski, 2009).
Esos pequeños se convirtieron en el principal objeto de intervención de los programas sociales
y educativos gestados por el Estado mexicano.
En paralelo se desarrolló una intensa producción cultural y comercial encaminada a
lograr una infancia sana y educada (Castillo, 2006). Los niños y niñas fueron considerados el
futuro de la patria, por lo que había que salvarlos de las garras de la pobreza, los vicios, la
perdición y las enfermedades. Esta preocupación fue compartida por las elites de distintos
países del mundo occidental, e implicaba enlazar educación, trabajo y salud. Los gobiernos
participaron en el patrocinio y circulación de conocimientos médicos y filosóficos relacionados
con el positivismo y el racionalismo, saberes que sirvieron para confiar en la capacidad
performativa de los niños, es decir, en su moldeamiento físico y mental. Además, la infancia
era vista como la fuerza de trabajo del futuro; de ahí la importancia de promover un cuerpo
sano y fuerte. Incluso, para el caso de México, hubo argumentos en torno al mejoramiento de
la raza, las cuales se apoyaban en las corrientes eugenésicas. Había también un interés
económico en tanto un cuerpo sano, garantizaría una fuerza de trabajo que abonaría a la
generación de riqueza, al desarrollo industrial y del capital.
En esta lógica la escuela fue visualizada como un lugar fundamental para que los
médicos verificaran y atendieran la salud de los menores: midiendo, auscultando, vacunando,
tareas en las que las enfermeras desempeñaron también un papel crucial, pues eran ellas las
encargadas de operar campañas, visitar domicilios y escuelas y organizar los registros de salud
de los menores. Los planes de estudio incluyeron cada vez más temas relacionados, ya no solo
con la urbanidad y sus muchos modos de dominar el cuerpo, sino también la gimnasia, la
higiene y la alimentación (Pío, 2002; Oropeza y García, 2023). Por otro lado, los congresos
fueron un espacio de difusión de estas ideas: el Higiénico Pedagógico (1882), los Congresos de
Instrucción Púbica (1889 y 1891), los Congresos de Maestros de 1919, 1920 y 1921 y el
Congreso del Niño Mexicano, celebrado también en 1921; así como el Congresos
Panamericano del niño de 1916, mismo que se siguió verificando con cierta periodicidad. En
todos se insistía en la intervención de los gobiernos en el cuidado de la infancia para garantizar
su salud y educación.
En esta dinámica, el Estado Mexicano, que surgió del movimiento revolucionario
iniciado en 1910, anudó compromisos sociales con el ideal de impulsar una nación unida en el